sábado, 27 de julio de 2013

miércoles, 10 de julio de 2013

Del Cap. XI.

 
 
 
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[…]Estela leía la prensa en voz alta mientras colocaba los bollos en la bandeja que portaba las jarras de zumo y de leche. Mientras ella nos informaba, yo me desperezaba escuchándola y, al oír sus últimas palabras en referencia a la limpieza en la iglesia y al exterminio de los gatos, no puede disimular un profundo malestar.

Calisto adoraba a los gatos, y para mí significaban un elemento más de santa Felicitas. Formaban parte de la iglesia al igual que las esculturas del matrimonio Álzaga o los mosaicos del suelo.
Aquellos animales eran especiales como lo era el resto del recinto. Pero, ¿cómo podía salir en defensa de una familia de gatos cuando, por una vez, el departamento de Sanidad se había empleado en sus menesteres? Sin embargo, me sentí muy molesto, ya que, de no haber sido por la asistencia al Oficio del domingo de unas pocas personalidades influyentes, ningún equipo de limpieza se hubiera ofrecido a limpiar ni un solo palmo de aquel lugar. Cuando mi amigo descubriera que habían sacrificado a sus gatos para que no estorbaran a los pocos feligreses, que posiblemente nunca más volvieran por la iglesia, se pondría muy furioso.
—¿Qué otra cosa podían hacer? —me resignaba Rosita—. Se trataba de un gran número de animales. Si hubieran sido unos pocos quizá los hubiesen llevado a alguna asociación o regalado por ahí, qué sé yo… pero eran muchos y, además, muy feos; tú lo sabes.

Yo lo sabía; mi novia estaba en lo cierto: Eran muchos, eran feos y eran incómodos a la vista de las gentes que, de vez en cuando, se aventuraban a visitar santa Felicitas. Pero, aun así, me enojó que los barrieses del lugar. […]

 

 

“Del Cap. XI.” (Pág.113)
Vídeo: Alberto Catalogna y D. Tráchter